lunes, 1 de diciembre de 2014

And even if I am crazy is 'cause you make me this way


      Todavía en su mente podía ver aquel campo completamente poblado de rosas. Aquel cielo tan claro y azul que amparaba al sol en un lecho celeste, con retazos sucios de nubes surcándolo sin llegar nunca a tapar un ápice de su belleza. Ahora la ceniza cubre todo lo que ante ella antaño se desplegaba, ahogando con su permanencia todo rastro de luz y sombra, de color. No hay flores ni hierba, no hay sol, no hay ni tan siquiera un puñado de pájaros que contemplar desde la seguridad de nuestro suelo, alzando la cabeza para verlos pasar. No hay nada. Nada que merezca la pena recordar. La muerte y el desierto se apoderaron de todo lo que allí había y las criaturas renegadas, aquellas a las que nadie quiso nunca, habían vuelto a la tierra para poblarla. A nadie le importa, en realidad, porque ya nadie puede vivir allí. Es una necrópolis. Es un auténtico cementerio sin lápidas, en el que los espíritus de todo lo que algún día habitó aquel lugar vagan de un lado para otro, como ánimas errantes que no tienen a dónde ir. Que no tienen a quien quejarse. Que no tienen ni siquiera a quien atormentar.

      Ella era una chica frágil. Aparentemente. Su cuerpecito parecía minúsculo ante la inmensidad del desierto cubierto de bruma y su cabello negro ondeaba acompasadamente mecido por la brisa del árido páramo. Caminaba con paso decidido, sin dudar un solo instante, sin ni tan siquiera guardar un suspiro la afilada y cuidadosamente forjada hoja que empuñaba en la mano derecha.
     Había ido a buscar a alguien.
     A alguien a quien quiso alguna vez.
     Venía a reclamarle lo que era de ella, a decirle que no siempre pensó así. Que a pesar de todo lo que habían cambiado las cosas, no se había dejado llevar. Habían ocurrido muchas cosas, habían tomado muchas decisiones. No siempre eligieron lo correcto, no siempre eligieron lo que era bueno para los dos. Pero ella quería recuperar lo que por derecho era suyo, al margen de todo lo que hubiera podido equivocarse en el pasado.
     También era, realmente, de él.
     Y él también estaba esperando a alguien. A alguien a quien quiso alguna vez. Y que sabía que volvería con el ceño fruncido y el brillo de la ira en los ojos. También las lágrimas de la nostalgia apartadas por el odio, pero presentes en su mirada.
     Salió de su cueva, esperando, inexplicablemente, ver el sol. No podía recordar cuándo fue la última vez que lo vio. Supuso que justo antes de separarse de ella. Justo antes de llegar a ser lo que era. Lo que eran ahora.
     Y apareció. Lentamente entre la niebla de la arena en suspensión, como una silueta hermosa y oscura, recortada contra el horizonte. Su mano derecha llevaba el arma que acabaría con él. Su espalda albergaba dos alas tan negras como el rencor que la envolvía. Él, lejos de odiarla, la miró con compasión, con nostalgia, incluso con un poquito de aquello que había sentido tiempo atrás, cuando se despertaban juntos entre las sábanas acariciados por un sol demasiado madrugador para el estilo de vida que pretendían llevar. Se adelantó, fue a su encuentro, en realidad.
       "No estoy dudando. Podemos hacer cualquier cosa" le había dicho una vez. Hundió sus garras en el suelo, cabreado consigo mismo y con todo el mundo en general. Era dueño y señor, era el ser más poderoso de la historia. Las leyendas hablarían de él. Los cuentos. De sus alas doradas y sus indestructibles escamas, de sus ojos color aguamarina y del fuego púrpura que exhalaba por su boca. Pero ¿de qué servía todo eso? ¿de qué le sirve la fama a un infeliz?
         Alzaron el vuelo. Y el dragón luchó contra el ángel caído. Y ambos recordaron cuando no eran otra cosa que dos personas más. Un chico y una chica corrientes que trataban de sobrevivir juntos entre el ruido y el bullicio de la gran ciudad. De ser felices en el gentío, de destacar en algo.
         Cualquiera que hubiera pasado en ese momento caminando bajo la guarida del dragón habría podido alzar la cabeza ante el inexplicable sonido metálico y lo habría visto. Habría visto lo que el mundo le ha hecho al corazón. Habría visto que, a veces, los sentimientos no son suficientes y que para conquistar el cielo, primero, necesitas aprender a volar.