sábado, 15 de noviembre de 2014

Before you start a war, you better know what you're fighting for


        Sí. Lo he hecho. He caído. Me he dejado caer. Lentamente entre las nubes y con los ojos entrecerrados a causa del sol que, alto y amarillo, arrancaba reflejos dorados en mi pelo. Soy demasiado real para un mundo tan perfecto. Pero también soy demasiado perfecto para un mundo tan sucio. Me dejé caer mientras el viento oponía inútil resistencia ante un cuerpo condenado que disfrutaba con esa sensación. Mientras las nubes etéreas y heladoras se apartaban a mi paso temerosas de que las pudiera romper. No utilicé mis alas, no las usé ni una sola vez y ahora, sangrantes y agujereadas por las miles de balas que me dispararon al llegar, no volverán a alzarme en las alturas de nuevo, nunca más. Lo cierto es, sin embargo, que no me importa en absoluto que el cielo me haya cerrado sus puertas. Que ya no pueda volver allí. En esta noche fría y clara me doy cuenta que las estrellas se cuentan por millones a ras de suelo y que la oscuridad que se entrelaza con ellas, dándoles una negra matriz en la que sobrevivir, posee un misterioso e incierto encanto que por fin logro comprender.
Siempre temí que mis alas se volvieran sombrías. Ahora su color es tan inútil como la función para la que fueron creadas. No lloraré por no poder volver a volar. He perdido y aún así no me arrepiento de nada de lo que he hecho, de ninguna de las razones por las que vine y de ninguna de las decisiones que tomé. Unas decisiones que hicieron que mi futuro confluyera en esta situación.
       La luna se ve tan pequeña y fina en forma de cáscara de sandía, tan lejana y suave en la noche que se me aparece realmente bella. No queráis verla de cerca. Olvidad esa obsesión. No es como pensáis. Toda su plateada perfección se pierde entre las incontables cicatrices que le perforan la cara casi por completo. No merece la pena.

      Un suspiro perdido en el aire y creo que sobre esta colina en medio de la noche exhalaré mis últimos rezos, si es que aún me queda algo de fe. Tomé mis armas para bajar hasta aquí. Renegué de lo que era. Luché por una vida más allá de sobrevivir. Luché por un sentimiento que quería conservar. Luché yo solo. Moriré yo solo. Y ahora, esta sonrisa de satisfacción invade mis labios. Mis ojos brillan vidriosos, mi pelo se revuelve ligeramente mecido por la brisa mientras una gota de sangre golpea el césped y rebota sobre un pequeño trozo de tierra desnudo. He sido un soñador. He venido a buscarte.
      Sentado sobre la hierba y alejado de todo lo que un día conocí, de todos los ruidos humanos y de todos los corazones con plumas, observo los primeros rayos de sol amanecer por el desnudo horizonte. El rocío se posa sobre las pequeñas briznas de hierba. El viento me trae un beso de jazmín.
     Soy feliz por haber engañado al destino. Soy feliz por haber luchado hasta el final. Soy feliz por saber que, aunque mis días terminen aquí y mi dolor no haya podido ser solucionado, en alguna parte, en algún lugar, en algún punto de este mundo o del mío habrá alguien que sepa quién soy. Habrá alguien que sepa lo que hice. Que narre mi historia para bien o para mal. Que cubra con odio o con gloria sus palabras sencillas o enrevesadas, desnudas o adornadas, románticas o impropias. Sea como sea, lo conseguí. Sea como sea, no me despido de este mundo porque, aunque yo me vaya, sé que mi memoria perdurará por un tiempo. Nunca se sabe cuán largo será ese intervalo pero, por lo menos, me permitiré vivir un poquito más. Ver que el olvido no será mi peligro y que, después de todo, nadie muere mientras aún es recordado.




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