lunes, 1 de septiembre de 2014

It's times like these, you learn to live again

           Con la vista clavada en el cielo y las olas acariciándole los pies, deseó no tener que moverse de allí nunca más. Algunas nubes surcaban el cielo y tapaban momentáneamente el sol, haciendo que el mundo pareciera un poco más oscuro de lo que ya era. Una lágrima recorrió su mejilla y se perdió en la ola que la recogió, salada y triste. Se sorbió los mocos y se limpió la humedad del pómulo mientras se tragaba sus remordimientos.
          Alguien se acercó hasta ella amparado en el silencio de las pisadas en la arena y la abrazó por la espalda, apoyando la cabeza en su hombro. Ella alzó la mano y le acarició la cara mientras mil pensamientos volaban a través de su mente. Se echó a llorar de nuevo. Solo quería protegerlos a todos y ahora, se había convertido en un monstruo. No lograba comprender por qué él seguía a su lado. Tal vez algún día lo entendería.
          El chico la abrazó con más fuerza y después la obligó a darse la vuelta, a mirarlo a los ojos. Ella no quería moverse. No quería moverse de allí. Le gustaba ese sitio. Le gustaba ver al mar y al cielo unirse en el fin del mundo y preguntarse si se llevarían bien, o si tal vez tenían envidia el uno del otro. Él la miró a los ojos y sonrió. Siempre se portaba bien, siempre. ¿Por qué? Se acercó lentamente para darle un beso en la boca, pero ella no creyó merecerlo y retrocedió, tropezando torpemente consigo misma y cayendo al suelo. Él cayó encima de ella y le agarró las muñecas. Sus ojos grises no revelaban enfado, no revelaban ira, ni siquiera miedo. La conocía, conocía lo que había hecho y aún así no parecía importarle.
         Lentamente, se inclinó y le rozó los labios en un leve beso cargado de sensaciones. Una suave brisa removió los cabellos de ambos y pintó una sonrisa en la cara de él.
        -¿Por qué? - preguntó ella entre sollozos.
         Él sacudió la cabeza, se retiró hacia un lado y se quedó sentado sobre la arena. Aspiró con fuerza el olor del mar y dejó que el movimiento de las olas inundara sus sentidos. No importaba lo tranquilo que estuviera el mundo, si no era capaz de estar en paz consigo mismo. Ella lo sabía y por eso no lograba sentir nada más allá del caos. Daba igual dónde se encontrara.
        El chico finalmente soltó el aire de sus pulmones y lentamente abrió los ojos. Cogió un puñado de fina arena blanca y lo dejó volar con el  viento mientras sonreía sin saber muy bien por qué. Después, despegó los labios y murmuró varias palabras:
       -Crees que tus manos manchadas empañan tu vida y que nada puedes hacer ya. No estoy de acuerdo con lo que has hecho, pero ahora no hay vuelta atrás, deja de torturarte. No se trata de llevar una vida sin arrepentimientos. Se trata de aceptarlos. Y de vivir. De vivir una vida de sueños y sensaciones. De vivir una vida sin dejar sin hacer. Yo confío en ti y sueño con estar a tu lado. Dime ¿confías tú en ti misma?
     


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