miércoles, 6 de agosto de 2014

Drifting away

Voló. Voló y voló sobre las olas, sobre la trasparente agua del mar que le permitía ver las rocas. Voló tanto tiempo como pudo, recorrió todos los kilómetros que sus alas aguantaron, respiró tantas bocanadas como sus excitados pulmones consintieron. Continuó volando. Durante mucho, mucho tiempo.
Voló hasta que despertó.
Hasta que consiguió despertar de aquella pesadilla en la que era libre. Totalmente libre, tanto que le asustaba. No tener a nadie que te diga que hacer, ni adonde ir. ¿Qué hacer, entonces?
No podía levantarse de la cama. Tampoco quería levantarse de la cama. No quería volver a su estúpida realidad.
Las cosas no eran así.
A menudo leía miles de historias, las veía a través de la pantalla, las observaba a su alrededor, o creía hacerlo. Las historias nunca eran así. No como la suya.
Tal vez leía los libros equivocados. O tal vez, simplemente, el resto del mundo tenía más suerte que él.
Finalmente se levantó de la cama, miró por la ventana y deseó poder volar, como en su sueño. Desplegar una intensas alas negras cubiertas de plumas y elevarse sobre todo y nada, dejar su sombra abajo y contemplar a la gente alzar la cabeza con la mano sobre la frente para taparse el sol que a él jamás deslumbraría.
Caminó hasta el baño y se miró en el espejo. No le gustaba su espejo, o quizás lo que no le gustaba era su reflejo. Pegó un puñetazo haciendo que el cristal se rajara, los fragmentos tomaron ángulos extraños y su cara se desdibujó. Tenía varios ojos, tenía una nariz partida por la mitad que continuaba demasiado abajo. Sonrió, y su sonrisa se convirtió en una mueca de miles de reflejos blancos y rotos. Casi le entró la risa, pero era una estupidez. Se dio la vuelta y se fue. No podía quejarse de vida. Por supuesto que no.
Lo tenía todo.
Trabajo, casa, coche, bebida, tabaco... ¿Qué más podía pedir?
No le gustaban las mujeres, no le gustaba la gente en general. Tener a alguien de quien preocuparse y que te preguntara cualquier cosa a cualquier hora. Y la gente hablaba del ideal de libertad.
En un segundo entendió que a todos nos gusta ser presos, tenemos miedo de nosotros mismos y por ello necesitamos algo que nos ate. Alguien de quien preocuparnos, alguien que nos dé órdenes continuamente y que nos excite desobedecerlo de vez en cuando. Pero no sabemos vivir sin normas, nos sentiríamos desorientados y perdidos, tendríamos miedo.
Eso pensó.
Él era feliz solo, pero aún así se sentía solo, y eso no le gustaba tampoco.
Eso pensó.
Cerró la puerta de su habitación de un portazo y se preparó algo que desayunar.
No le gustaba sentirse solo, tampoco atrapado.
Si me dejaran elegir, pensó, lo cierto es que me gustaría poder no sentir nada. Nada en absoluto.


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