miércoles, 20 de agosto de 2014

It was only just a dream

Qué es lo que puedo hacer, cuando todo lo que tengo para ti es este tímido beso y una promesa que quiere creer que te esperará hasta que aceptes que ha llegado el momento. No sé si me encontrarás aquí entonces, porque no sé que es lo que voy a hacer a partir de ahora. Quiero pensar que necesito sentirte cerca y que no habrá nada que nos separe cuando estés lejos, nada más que etérea distancia puesta ahí por razones que se escapan a nuestro control. Quiero creer que sin ti no llegaré a ser feliz de ninguna de las maneras y que mis sentimientos no cambiarán. Pero has de saber que no son más que palabras lo que mi boca dice y no son más que promesas lo que tus oídos oyen. Quiero que seas consciente de lo que significa este viaje.
Yo también me voy. No puedo quedarme aquí ¿sabes? Pensando en todo lo que hemos vivido juntos. Me voy a lo alto de un acantilado. A mirar el atardecer mientras el viento me aparta el pelo de la cara, haciéndome creer que son tus manos las que me acarician. Voy a ver las olas mecerse suavemente y romper contra las rocas, salpicándome claras gotas de color azul con olor a arena y sal, haciéndome creer que es tu aroma lo que me envuelve. Quiero sentir algo de nuevo.
No sé qué es lo que encontraré allí porque nunca he vivido esto. No sé qué es lo que me espera. Por eso te recuerdo que todo lo que digo no son más que palabras.
Quién sabe si encontraré a alguien que me ayude a olvidar. Que me haga dejar de pensar en que tal vez un día pueda recordarte. Y que tal vez me quite esa idea de la cabeza para siempre.
No te estoy hablando de amor. Porque no estoy segura de saber lo que eso significa. Dicen que cuando te enamoras de alguien lo sabes ¿verdad? Bueno, yo no podría decírtelo, pienso que es más complicado que todo eso. Yo sé que confías en mí como hasta ahora lo has hecho. Sé que piensas en que cuando vuelvas me dejarás abrir los ojos y susurrarás con suavidad sobre mi oreja que todo esto solo ha sido un mal sueño. Que estás aquí, conmigo, para siempre.
Pero ¿y si eso no sucede? ¿y si tu viaje te lleva a saber que no tienes nada que hacer a mi lado? ¿y si tu viaje te deja la impresión contraria a la que esperabas que te dejara?
Pienso en ti como en nadie antes. Pero eso no es una garantía de eternidad. Crees que la indecisión es tuya pero, quizás sea yo la que se enamore en tu ausencia y entonces ¿qué harás si tus conclusiones te traen de vuelta a mí? ¿Estás seguro de que quieres correr el riesgo?
¿Estás seguro de que, al fin y al cabo, solo fue un mal sueño?
Digas lo que me digas, voy a aceptarlo ahora.
No puedo decir lo mismo de lo que me pidas después.



miércoles, 6 de agosto de 2014

Drifting away

Voló. Voló y voló sobre las olas, sobre la trasparente agua del mar que le permitía ver las rocas. Voló tanto tiempo como pudo, recorrió todos los kilómetros que sus alas aguantaron, respiró tantas bocanadas como sus excitados pulmones consintieron. Continuó volando. Durante mucho, mucho tiempo.
Voló hasta que despertó.
Hasta que consiguió despertar de aquella pesadilla en la que era libre. Totalmente libre, tanto que le asustaba. No tener a nadie que te diga que hacer, ni adonde ir. ¿Qué hacer, entonces?
No podía levantarse de la cama. Tampoco quería levantarse de la cama. No quería volver a su estúpida realidad.
Las cosas no eran así.
A menudo leía miles de historias, las veía a través de la pantalla, las observaba a su alrededor, o creía hacerlo. Las historias nunca eran así. No como la suya.
Tal vez leía los libros equivocados. O tal vez, simplemente, el resto del mundo tenía más suerte que él.
Finalmente se levantó de la cama, miró por la ventana y deseó poder volar, como en su sueño. Desplegar una intensas alas negras cubiertas de plumas y elevarse sobre todo y nada, dejar su sombra abajo y contemplar a la gente alzar la cabeza con la mano sobre la frente para taparse el sol que a él jamás deslumbraría.
Caminó hasta el baño y se miró en el espejo. No le gustaba su espejo, o quizás lo que no le gustaba era su reflejo. Pegó un puñetazo haciendo que el cristal se rajara, los fragmentos tomaron ángulos extraños y su cara se desdibujó. Tenía varios ojos, tenía una nariz partida por la mitad que continuaba demasiado abajo. Sonrió, y su sonrisa se convirtió en una mueca de miles de reflejos blancos y rotos. Casi le entró la risa, pero era una estupidez. Se dio la vuelta y se fue. No podía quejarse de vida. Por supuesto que no.
Lo tenía todo.
Trabajo, casa, coche, bebida, tabaco... ¿Qué más podía pedir?
No le gustaban las mujeres, no le gustaba la gente en general. Tener a alguien de quien preocuparse y que te preguntara cualquier cosa a cualquier hora. Y la gente hablaba del ideal de libertad.
En un segundo entendió que a todos nos gusta ser presos, tenemos miedo de nosotros mismos y por ello necesitamos algo que nos ate. Alguien de quien preocuparnos, alguien que nos dé órdenes continuamente y que nos excite desobedecerlo de vez en cuando. Pero no sabemos vivir sin normas, nos sentiríamos desorientados y perdidos, tendríamos miedo.
Eso pensó.
Él era feliz solo, pero aún así se sentía solo, y eso no le gustaba tampoco.
Eso pensó.
Cerró la puerta de su habitación de un portazo y se preparó algo que desayunar.
No le gustaba sentirse solo, tampoco atrapado.
Si me dejaran elegir, pensó, lo cierto es que me gustaría poder no sentir nada. Nada en absoluto.