lunes, 21 de noviembre de 2011

Yo... daría cualquier cosa por volverte a ver...





Y así fue como acabó la historia más bonita del mundo. En el anonimato, oculta, clandestina. La sociedad jamás conocerá dicho relato. Jamás sabrá el secreto de los mejores años de aquella superestrella. Jamás sabrá el motivo de su caída.
Por otra parte, algo menos importante, tan solo unos pocos amigos recordarán a esa chica. Esa siempre sonriente. Siempre feliz. La chica que todavía está ahí, pero que nada tiene que ver con la que era. El tiempo consiguió que ambos volviéramos a sonreír. Que volviéramos a tener una vida.
La gente cambia. Pero no sin una razón.
¿Cuánto tiempo se puede sufrir?
Infinito. Y lo sé. Porque su espina siempre estará clavada. Siempre lo estuvo. Pero nunca tuve valor de arrancármela. Y nunca más volví a saber de él. Nada más que la televisión, en la que estuvo escaso tiempo después de lo nuestro. No me atreví a llamarlo. Ni a buscarlo.
Tan solo hubo una cosa que sí hice.
Mucho, muchísimo tiempo después, alquilé una noche en la habitación 578. Sola. Ya no tenía nada que ver con nuestra blanca y hermosa habitación 578. Las paredes eran ahora verdes. La enorme ventana había sido sustituida por otras más pequeñas. La cama era distinta, las sábanas amarillas, al igual que los muebles, de los que también había color madera. Tan solo una cosa había sobrevivido. La mesita de noche blanca. Ironías de la vida. Esa mesita en la que dejábamos siempre una moneda en nuestro hueco secreto de la lámpara para recogerla la siguiente vez que volviéramos. Abrí el cajón, emocionada y sin poder contener un par de lágrimas. Quité la falsa tapa.
Allí estaba.
Un poco descolorida y polvorienta. Pero se distinguía perfectamente una hermosa muchacha de cabello rubio recogido en un moño y un precioso vestido corto azul clarito, cogida del brazo de un chico alto y corpulento vestido de traje, con el pelo negro engominado.
Me senté en la cama llorando. Hacía años de aquella foto. Le dí la vuelta. Todavía se distinguían los dígitos del “teléfono de emergencias”. Saqué el móvil y marqué. Tan solo sonaron dos tonos antes de que una voz cascada y grave contestara al otro lado.
-Dígame.
Sonreí.
La lluvia caía con fuerza sobre las calles de Zaragoza, mojando los tejados, inundando las calles. Estaba prometida. Me quité el anillo y lo arrojé con todas mis fuerzas al suelo.
Seguía siendo una criaja.
Volví a ser feliz.
Y llore…

-Te quiero…

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